¿Emprendedores o empresarios?

Hay palabras tan utilizadas en los últimos decenios como: calidad, innovación, competitividad, etc., que de tanto usarlas, de tanto subvencionarlas, de tanto premiarlas, de tanto emplearlas como componentes de recetas para la mejora de la economía de las instituciones y de las personas, llegan a desvirtuarse o incluso a perder su auténtico significado. Una de estas palabras, la más reciente en los últimos años es “emprendedor”.

Se ensalza, se estimula, se subvenciona, se premia, se airea en los medios la figura del emprendedor, casi como la solución mágica para la recuperación del colapso económico que ha conducido a España a un nivel de desempleo único en el marco europeo y solo superado por Grecia.

La figura del emprendedor que se promociona es, a menudo y salvo honrosas excepciones de start-up’s con un modelo de negocio escalable, la de una persona, más o menos joven que, con un ordenador portátil como único material inventariable aporta una eventual solución informática, una manualidad o un servicio que pretende dar respuesta a una supuesta necesidad de intermediación en un hipotético mercado. Para acceder al mismo, es frecuente la queja de no recibir apoyo de alguna Administración para el desarrollo de un proyecto, que acostumbra a carecer de un auténtico plan de negocio que estime el tamaño y características del mercado, los costes de entrada, el perfil de sus clientes, la aparición de competidores, la masa crítica, etc.. Los éxitos de los creadores de Microsoft, Google, Facebook y similares, tan exitosos y tan exclusivos, no son ajenos al objetivo de quienes, legítimamente, pretenden resolver su situación laboral personal de forma autónoma en contraposición a la figura de asalariado. Las posibilidades de la informática, de la intercomunicación, de la logística, están ahí y constituyen, ciertamente, una posibilidad de creación de empleos cualificados en el sector de servicios. Sin embargo, éste no es el debate. Una tasa de desempleo de dos cifras no se reduce substancialmente y a medio plazo a base de una suma de soluciones personales, meritorias y eficaces para quienes la consiguen, pero cuantitativamente no significativas en el entorno macro-económico.

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Por otra parte, los servicios (y en España, especialmente, el turismo) son actores económicos importantes, pero el posicionamiento en el mapa de la economía europea, hoy, aún lo marca el sector industrial y, específicamente el manufacturero; no en vano el 80 % de los intercambios comerciales en Europa giran alrededor de las actividades manufactureras y, entre éstas, las del sector textil/confección. Ciertamente, en Europa es posible un sector textil/confección con empresas no dedicadas exclusivamente a la consecución de un equilibrio de costes de fabricación con respecto a terceros países, sino cada vez más a actividades de valor añadido más elevado, sea por la complejidad o innovación del propio producto, por su orientación a aplicaciones que dan respuesta a necesidades específicas (textiles técnicos, por ejemplo) o por una estrategia de mercado diferenciadora.

Ello requiere el definitivo acceso de las empresas al financiamiento necesario para emprender las inversiones requeridas para la mejora tecnológica y las apuestas innovadoras, junto a la consideración de un necesario incremento del tamaño de las mismas, tanto para aumentar su capacidad de innovación como para su internacionalización. La organización en clústeres textiles de convergencia empresarial con la participación de empresas e instituciones dedicadas a la formación y a la investigación básica y a la innovación, constituyen en Europa una alternativa de éxito a los procesos de integración de empresas que, por nuestra idiosincrasia esencialmente individualista, son mucho más difíciles de realizar.

En este sentido, es obligado citar que la ciencia, la investigación y la innovación han sufrido más que ningún otro sector el azote de la crisis económica. A pesar de que los discursos políticos han situado el conocimiento como la base sobre la que asentar la recuperación económica, las cifras cuentan una realidad muy distinta. En el año 2016, España ocupaba uno de los últimos lugares en el ranking de Inversión en I+D como porcentaje del PIB, con un valor del 1,23 %. Por otra parte, un sector industrial textil innovador y competitivo precisa tanto del conocimiento que se genera en el ámbito de las instituciones universitarias y centros de I+D como de un personal con formación adecuada para los diferentes niveles de la actividad industrial, desde la gestión, la fabricación y la comercialización. En este sentido, la formación de técnicos para la industria textil española precisa tanto la dedicación a la preparación de ingenieros y técnicos generalistas o especializados, como de, especialmente, la formación de profesionales con capacidades y habilidades para su dedicación a unas ocupaciones cualificadas que ofrezcan oportunidades de oferta ocupacional de calidad y estable.

Finalmente, además de una política educativa y de investigación, para el entorno sectorial se precisa la formulación, por parte de la Administración, de una política industrial que facilite los factores de competitividad externos a las empresas: financieros, costes energéticos, inversiones en infraestructuras, etc., que han de ser considerados global y racionalmente. En este sentido un crecimiento industrial sostenible no es posible en un entorno de políticas erráticas en la planificación de las infraestructuras de comunicación, en políticas energéticas cambiantes, o en los citados recortes a las instituciones de investigación o la tradicional desatención a los estudios de formación profesional, tan necesaria para la industria textil. En este entorno complejo, cambiante y lleno de riesgos e incertidumbres se mueve el sector manufacturero textil/confección español que ocupa a más de 130.000 empleados repartidos en más de 7.500 empresas, mayoritariamente pequeñas y medianas.

Al frente, detrás o delante de cada una de estas instituciones se encuentran personas que imaginaron, crearon, invirtieron en recursos materiales para la fabricación y la gestión, contratan personal para funciones técnicas, administrativas, comerciales, etc.; definen una política y unos objetivos, diseñan y desarrollan productos continuamente, compran materias primeras o productos semielaborados, planifican fabricaciones y manipulaciones, etc. Esta apuesta personal por la industria manufacturera lleva inseparablemente unidos los valores de constancia, auto-exigencia, esfuerzo y, muy especialmente, riesgo, que asume una especie a la que siempre se denominó EMPRESARIO y el sector textil/confección está repleto de personal de esta especie. Pero si está de moda podemos llamarle EMPRENDEDOR. Pero, cuidado, no vayamos a confundirnos. Todos los empresarios son emprendedores. En el idioma inglés, tan universal, tan simple, tan preciso, y sin embargo escaso en nuestros universitarios (e imposible para algunos gobernantes) no hay confusión: “entrepreneur“ tiene un significado único: “empresario, hombre de empresa” o sea, el tradicional EMPRENDEDOR.

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